29 de oct. de 2021
"El círculo de generosidad"
Coverage se enorgullece de publicar columnas que comparten la perspectiva de médicas afroamericanas pertenecientes a la red de Diva Docs del área metropolitana de Boston. Hoy, la Dra. Nancy Oriol, decana adjunta de Compromiso Comunitario en la Educación Médica de la Facultad de Medicina de Harvard y profesora adjunta de Anestesia en el Departamento de Anestesia de cuidados críticos y medicina del dolor en el Beth Israel Deaconess Medical Center, comparte sus opiniones con la Dra. Philomena Asante, líder de Diva Docs Boston y creadora de la serie Diva Docs, ganadora del premio Digital Health Award para Coverage.
De niña, siempre me interesó cómo funcionaban las cosas, los animales, los relojes, las cosas rotas. Me encantaba trabajar con las manos. Me encantaba la ciencia. También me fascinaba profundamente, y aún me fascina, cómo funcionan las personas.
También aprendí sobre racismo mientras crecía. Porque mi piel es clara y vengo de una familia que incluye a gente de piel más oscura, vi la naturaleza insidiosa del racismo. Vi cómo trataban a mis familiares de piel más oscura y cómo me trataban a mí. Pude ver cómo la raza afectó la forma en la que mi familia se movía por el mundo. Me enseñó que el mundo no es justo y que solo puede llegar a serlo si logramos formar parte de su infraestructura, sus creadores de reglas y políticas, su alma, su consciencia.
Un camino sinuoso hacia la medicina
Mi padre era encargado de un edificio y mi madre era ama de casa. Ninguno fue a la universidad, pero siempre me dijeron, "Puedes hacer lo que quieras". En ese momento, no me daba cuenta de que ese regalo tendría un costo tan alto.
Para que mi hermana y yo pudiéramos ir a la universidad, mi padre tenía dos empleos. Al trabajar tanto, no tenía tiempo de cuidarse y falleció de una enfermedad que se pudo haber prevenido cuando yo estaba en segundo año.
Cuando me gradué, en pleno duelo por mi padre, supe que no estaba lista para seguir con mi educación. Eran los años 60, así que exploré algunos trabajos ocasionales: trabajé con cuero, diseñé ropa, hice trabajos de construcción, trabajé con mis manos.
Ocho años más tarde, mi madre se enfermó.
Pensé, "¿Qué quiero hacer con mi vida? Cuando llegue al final de mi vida y mire hacia atrás, ¿qué quiero sentir que he hecho?
Me sentía un fracaso. Quería hacer más con el regalo que me habían dado mis padres.
Me di cuenta de que solía encantarme la ciencia. Me interesaba cómo estaban construidas las cosas. Eso me inspiró a reniciar el curso necesario para ingresar en la facultad de medicina. En 1975, a los 29, fui aceptada en la Facultad de Medicina de Harvard.
Allí descubrí que aún me encantaba trabajar con las manos. Y descubrí que me encantaba la autonomía intelectual del quirófano: el anestesiólogo, el cirujano, el paciente, la fisiología, los procedimientos, el máximo rompecabezas científico.
Me fascinaba especialmente la fisiología del trauma, la forma en que funciona el cuerpo al experimentar dolor, lesiones o enfermedades graves. Eso me impulsó a convertirme en anestesióloga.
Al observar el dolor que experimentan las mujeres durante el parto, desarrollé la "epidural ambulante", una técnica para aliviar el dolor en el trabajo de parto que hoy en día se utiliza con frecuencia. Y al observar el trauma que experimentan los recién nacidos, diseñé una técnica para analizar la variabilidad del ritmo cardíaco fetal y un dispositivo para la resucitación de recién nacidos.
Inspirada por los pacientes
Al trabajar con pacientes obstétricas complejas, me encontré con pacientes que no sabían cómo tener acceso a la atención médica que necesitaban ni tenían el tiempo para hacerlo. Eran personas que, como mi padre, estaban demasiado ocupadas para pensar en su salud. El mundo no está preparado para los trabajadores pobres.
Los trabajadores pobres estaban a una cuadra de donde yo trabajaba. Así que me pregunté, ¿por qué no salimos y les llevamos lo que sabemos a quienes lo necesitan? Era una idea muy simple. Pero como anestesióloga, no sabía si esa idea tenía mucho sentido.
Así que empecé a hablar con pacientes, colegas, personas que trabajaban en centros de salud del vecindario, personas en barberías, y reuniones comunitarias y de sindicatos de inquilinos.

Siempre me pregunté lo mismo: "¿Qué deberíamos hacer, cómo deberíamos hacerlo, con quién más deberíamos hablar y quiénes serían nuestros socios?"
Todo esto se cristalizó en la idea de conseguir una furgoneta y visitar la comunidad para realizar pruebas de detección y brindar educación. Y con mi socia, Cheryl Dorsey, una estudiante de tercer año de medicina, terminamos trabajando con cientos de colaboradores comunitarios. Juntos creamos The Family Van, una clínica móvil que ofrece revisiones de presión arterial en la acera (los investigadores han descubierto un menor riesgo de ataque cardíaco y accidente cerebrovascular en nuestros pacientes) así como pruebas de detección de azúcar en sangre, colesterol y VIH, asesoramiento de salud y educación sanitaria en varios idiomas, y referidos a servicios sociales y de salud para miles de personas en las áreas de Boston donde más se necesita.

Un regalo de amor
Hubo un momento, hace muchos años, en el que me di cuenta de lo que realmente significaba nuestro trabajo. El personal de enfermería con el que trabajaba había recaudado dinero para que la Family Van organizara una fiesta para los niños de la comunidad. Uno de nuestros socios, el Dimock Center, tenía una guardería para niños cuyas madres tenían VIH, así que los llamamos para decirles que queríamos hacer una fiesta para sus niños. Y el director de la guardería dijo, "Gracias, es muy dulce de su parte, pero nuestros niños saben que sus madres están muriendo y, en cambio, les gustaría hacerles un obsequio a ellas". Al oír eso, nos pusimos a llorar.
Todos en el personal de The Family Van teníamos hijos que iban a la guardería y sabíamos que el mejor obsequio que un padre o madre puede recibir es una foto de sus hijos. Así que nos ofrecimos a tomar fotos de los niños que podrían convertir en tarjetas para regalar a sus madres. Se corrió la voz en el hospital. Todos querían ayudar. El director de Servicios de Medios se ofreció a crear un estudio en la guardería para que pudiéramos tomar retratos profesionales. El personal de enfermería recaudó más dinero para poder comprar obsequios para los niños. El taller de imprenta nos dio materiales para que los niños pudieran hacer las tarjetas.
El día de la sesión, cinco de nosotros fuimos a la guardería. Y hubo un momento en el que di un paso atrás y vi a los adultos preparando un estudio fotográfico profesional y la fila de niños que aguardaban orgullosamente, y me di cuenta de que la Family Van había hecho eso. Armamos todo aquello como un regalo para los niños, así ellos podían darle un regalo a sus madres.
Fue un regalo de amor que todos estábamos haciendo.
Había pensado que The Family Van se trataba de prestar servicios a la comunidad, pero, en realidad, era un círculo de generosidad.
Cómo transformar la comprensión de los estudiantes
The Family Van ya lleva 30 años y es un modelo de atención médica móvil. Parte del personal ha trabajado con nosotros desde hace 27 años. Son personas de la comunidad que la conocen muy bien y son excelentes educadores de salud y trabajadores comunitarios. Son el alma de The Family Van.
Desde el principio, a menudo teníamos uno o dos estudiantes voluntarios en la furgoneta. Para ellos, conocer a las personas de la comunidad y escuchar acerca de sus vidas les permitía ver su humanidad y comprender el verdadero costo de la desigualdad en materia de salud. Esa es una lección importante para todos los profesionales de atención médica.
En función de esto, creamos una pasantía en la Facultad de Medicina de Harvard en la que los alumnos del último año pasan un mes integrados en una organización de atención médica comunitaria, diseñada por las personas a las que atienden. A partir de esta experiencia, ven de primera mano cómo la historia de vida de un paciente determina su salud.
En este ámbito, los alumnos ven la complejidad de la vida de las personas y las soluciones creativas que han encontrado para abordar sus propios problemas. Han llegado a respetar la resiliencia y brillantez de las personas a las que atienden. También ven cómo todos somos iguales y cómo nuestra salud refleja el impacto de la desigualdad de oportunidades a causa del racismo, la pobreza y otros determinantes sociales de la salud.

Viejos problemas, nuevas soluciones
Un hilo conductor de mi carrera ha sido tratar de resolver un problema con una mirada nueva.
Por ejemplo: ¿cómo se aprende a ejercer la medicina sin ejercerla?
Se simula.
La simulación con maniquíes permite "ejercer" la medicina de manera segura. Para mí, no hay mejor forma de aprender medicina clínica. El Dr. Jim Gordon y yo comenzamos a ofrecer MedScience en la Facultad de Medicina de Harvard como asignatura optativa y a los alumnos les encantó. Tuvo un éxito espectacular.
Luego, decidimos ofrecerla a alumnos de secundaria como una forma de estudiar medicina clínica para enseñar biología así como comunicación, trabajo en equipo, liderazgo, juicio, pensamiento crítico, resolución de problemas y permitirles explorar carreras dentro del campo de la medicina.
Los alumnos que toman el curso nos dicen, "Ahora entiendo que la medicina es más que solo ciencia". "Encontré mi propia voz. Ahora sé que puedo arriesgarme. Puedo decir lo que pienso aunque no esté en lo correcto". Todo lo que querríamos que un joven médico entienda. En la actualidad, participan más de 2,000 alumnos. Muchos han seguido carreras en atención médica.
Como me dijo un joven alumno, "¿Qué tan a menudo se puede señalar un momento preciso en el tiempo y decir que allí fue cuando cambió nuestra vida?"
Tal vez este es el regalo que me dieron mis padres. La oportunidad de cambiar vidas. La oportunidad de marcar una diferencia.
FOTOGRAFÍAS DE FAITH NINIVAGGI